La desnudez de Onomá

Publié le par VERICUETOS23

  por Julio Olaciregui


           El fantasma de Onomá me viene a buscar mientras dibujo a la bailarina chocona... en este momento una nueva mariposa...

           Han pasado los siglos y en el fondo de alguna cueva del Alto Sinú, ahora tierras de centauros, de atardeceres con arreboles sanguinas del norte de Colombia, del musgo y la verdolaga, de los helechos y las piedras brota en este momento una nueva mariposa, la ilusión de un cuento: la india del Sinú que fundó un pueblo mostrándole su concha a un francés garimpeiro buscador de oro lavador de pepitas en bateas, mazamorrero, geólogo, poeta, verás y comerás de mi guinda, esto se llama “su guayuco”, columpiándose.

El aleteo de colores, el suspiro de esos segundos volatineros, se posa en la barbilla de Onomá, así se maquilla, “pintura facial en forma de mariposa”, dice ahora la joven estudiante de antropología que llega al pueblo de Currulao tras cruzar el río Mulatos... Los tatuajes de Onomá me deslumbran. Ella es de senos altivos. Astrid  Ulloa le dedicó su libro “Kipara”...


He venido a Francia a buscar el oro del saber. Ha pasado más de un siglo y medio y ahora me encuentro en la academia de la grand Chaumière dibujando a estas modelos de princesas – nubias nubiles de inmovilidad mercantil, entonces pienso en Onomá y en Louis, en la india y el francés, esos ancestros mágicos...

Hemos fundado una compañía, “Saber para curar” (trabajar para bailar) que espera en Barranquilla los análisis para saber si es verdad que hay oro en los libros, que la lectura d’estos mamotretos puede aliviarnos del padecer la Nada...

Aquí leo el libro de mi abuelo Lucho Striffler “El alto Sinú, historia del primer establecimiento para extracción de oro en 1844”.


Una manera de combatir la Nada es leer, fotografiar, escribir, dibujar, si a usted le duele ese sentimiento del vacío, fresco, también puede soñar, ahí le irá bien...

Curarse de un fantasma haciendo ejercicios con la pelvis, como si bailaras el “hula hula”, moviendo las caderas con la forma del infinto, un ocho horizontal, un elástico, la banda de Moebius, la

espiral.

           Mientras pinto el cuerpo desnudo de la chocoana mi alma volando llega al pueblo y al tiempo de Onomá, veo que te estás volviendo un mito india mía... Rebelde.

           Esa noche ella estaba en la calle, en medio de niños y adolescentes, de pie rodeada de unas amigas, vino hacia mí, me agarró la mano y en la oscuridad me llevó a la playa del hotel donde otras amigas y unos muchachos debían bailar esa noche y animar una Fiesta con su ballet sambo africano. “Poco a poco” para unos franceses cara pálidas.

Su maquillaje en forma de mariposa, las escamas de colores como culebra mítica en su pecho, sus tetas coreográficas que ha bían amamantado desde el fondo de las eras el Fantasma de la muchacha y la eterna primavera… se mezclaron con la candela, los tamborileros templaban el parchecuero de sus llamadores y dumdumbas antes de entrar a escena.

Ellos viven del baile y la música. Su vida es el baile, no es “a veces baile”, como dice Lasa en una de sus canciones, sino todos los días de la temporada turística, han pasado los siglos y los ex colonos vuelven al Cabo de Arboletes en su club, y los negros los contentamos, ay mama Inés, ay mama Inés, los entretenemos, los distraemos, les hacemos olvidar sus combates, sí, les bailamos, sin rencor, por unos francos, los Negros somos escritores de novelas para los blancos, ya lo sabéis, o bien...

Los senos desbordan por el tejido azafrán, el ombligo es poético, los vellos en las axilas-s-sexuales...

Onomá en la jaula (el autobús) cantando, Onomá en el hotel bañándose con la otra bailarina, Aída, Onomá durmiendo, Onomá duerme semidesnuda, al comienzo de la noche está agotada por el baile, “déjame dormir un momento”, gimiendo pide soñar soñar, me pongo a dibujarla mientras ella se tiende confiada en el lecho, huele a semilla de marañón, a raíz de Kananga... apago la vela

Onomá me había regalado un pantalón de colorinches para danzar, me acosté vestido. En la oscuridad siento que estoy velando, espero que su deseo me resucite, he visto a la Muchacha, ahora puedo intentar describirla, Onomá está desnuda en el fondo de los montes del Sinú, a lo mejor estoy soñando, la dibujo, ya verán, ella me toca la flauta, Onomá me quedaré a vivir contigo, Onomá me haces hombre, me haces padre.

Su nombre quedaría asociado para siempre con el de alguna bella ley de la vida, natural y sabrosa como suelen ser las muchachas desnudas; salió así de los montes del Alto Sinú, de la memoria y las estrellas del Universo que nos buscan escondidas en los garabatos negros de las “letras”.

           Llegó en canoa con su padre hasta la finca “El higuerón” , trajeron guacamayas, micos y loros de Tolú y los Montes de María.

Puedo decir que llegó desnuda a nuestra finca, aunque un guayuco blanco se envolvía entre sus muslos, y su cuerpo estaba pintado, tatuado, rayada su frente, sus pechos, su vientre con bija y achiote y verdín, triángulos y culebrillas de la tradición Embera-Katío.

Curioso como se unen las culturas, las desnudeces, pienso en laVenus Calipigia (nalgas de calidad), no tanto en la culona Hotentote. Y enumero las maneras que tenemos de referirnos aquí en París, nosotros los cholos, descendientes de cholos y ladinos, a esa piel sin trapos de la mujer: en bola, en pelota, veringa, calata, encuera, à poil, mostrando sus vellos, pendejos.

“Un cuerpo desnudo resuelve todos los problemas del universo”, no sé si el filósofo reaccionario Nicolás Gómez Dávila se refiere al cuadro de Courbet.

Ahora el mundo cuenta con la inolvidable desnudez de Onomá, una india de los montes del Sinú, descrita por el geólogo francés Louis Striffler (Alsacia). A él le tocó en suerte vivir esta historia sobre el poderío de unas tetas y unas nalgas bien plantadas.

Aunque me parece que ella lo deja indiferente, quizás es lo que me aguijonea a corregir su historia, a quedarme con Onomá, es posible que hagamos el cambio, un siglo y medio después, vuelo desde París al Sinú.

– Los burros prefieren la paja al oro... y como no somos burros, pues buscamos oro – es mi trabajo aquí en estas selvas que poco a poco dejan de ser el culo del mundo. Por supuesto en París la Bolsa de Valores espera que yo envíe muestras.

Una manada de indios semi bravos había surgido de la manigua donde vivían hacinados, “indolentes”, a la vera del Progreso, nos tocaba a nosotros los franceses ayudarles a buscar el Oro.

El cacique, Cachichí, salió conversador y toma tragos, me presentó a Onomá, su hija de 18 años, y a su mujer, una india bastante trajinada ya por la intemperie.

Los tatuajes de Onomá me deslumbran. Ella es de senos altivos. Astrid  Ulloa le dedicó su libro “Kipara”...

Tubará, una monja de familia india, le regaló unas faldas y unas blusas, y de repente Onomá apareció vestida, barriendo el patio de nuestra hacienda “El higuerón”, sus negros ojos me miraban con una súplica callada mientras yo preparaba mi viaje de regreso a Francia....

tras escribir “la desnudez de Onomá” me di cuenta que el sueño se había realizado, la muchacha desnuda había salido de la Nada, o de mi Costilla, y me había soplado, me había insuflado, me hizo creer en ella, me había hecho contar su historia... así fue...

cuando dejó de andar semidesnuda mostrando su belleza natural Onomá desapareció en el olvido.

 

 

Publié dans NARRATIVA

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