Barranquilla y París en Julio Olaciregui

Publié le par VERICUETOS23

  por Eduardo García Aguilar

 

           Ahí estaba esa noche de invierno de 1978 junto a la sagrada fuente de Saint-Michel, alto, cubierto por una amplia cazadora y la bolsa arhuaca y en su mano el grueso guante de cuero café que me trajo desde Toulouse, donde lo perdí y Jacques Gilard lo encontró. Así conocí a Julio Olaciregui Ospina, nacido en Barranquilla en 1952, novelista, poeta, dramaturgo, bailador de conga, amante de máscaras y cocodrilos, dibujante, filmador escondido, erotómano y lector apasionado de Samuel Beckett, Roland Barthes, Julio Cortázar, Wole Soyinka, Toni Morrison y André Gide, entre otros muchos.

Nos saludamos junto a esa fuente donde el ángel derrota a la serpiente alada con su lanza medieval, ante la mirada de los leones que manan agua turbulenta por su bocas aguerridas. Una placa celebra allí a los franceses y extranjeros que lucharon y murieron por la Liberación de París, entonces invadida por los nazis, a toda esa gente que recobró la esperanza leyendo los inolvidables poemas llenos de aire y amor de Paul Eluard, el autor de Capital del Dolor, un clásico de la posguerra.

 

   La primera vez que lo vi Julio estaba ahí y miraba desde las alturas de su estatura africana con mirada de águila, mientras una sílfide alemana nos seguía sigilosamente hacia la rue de Canettes a tomar un vino en el legendario Chez George. Michel Foucault había dado su curso aquella mañana en el Colegio de Francia y Paul Leauteaud había tosido tres veces rumbo abajo por la rue du Bac, como quien se despeña por los caminos inciertos de la prosa. Todo era tan reciente entonces que de las atarjeas lluviosas caían huevos prehistóricos enormes y alargados como conciertos de jazz de Chet Baker.

 

Julio Cortázar seguía creciendo día a día, cada vez más joven en el bistró de la esquina de la rue Jacob, así como lo vi en Toulouse, sentado junto a la novelista colombiana Alba Lucía Ángel, que vestía jeans, tocaba guitarra y cantaba canciones de protesta. Cortázar tenía la cara surcada de arrugas profundas, pero desde lejos parecía un muchacho alto y enamorado como ahora parecía su tocayo Olaciregui mientras cruzaba la place Saint Sulpice hablándome de que Santiago Mutis Durán le iba a publicar en Colcutura su primer libro, Vestido de Bestia.

 

 

  ¿Vestido de Bestia? Un libro de historias parisinas donde siempre aparece el personaje africano Café Café con sus escobas en la mañana húmeda de la rue Rambuteau, junto al recién inaugurado Centro Pompidou. Así comenzaba el camino editorial de Olaciregui, quien ya desde antes había trabajado en El Heraldo de Barranquilla y de allí se trasladó a Bogotá como reportero de terreno de El Espectador al lado del infatigable Antonio Morales, husmeando en los juzgados, la morgue y en el sacrosanto Congreso colombiano.

 

De su imaginación han salido hasta ahora los libros Vestido de Bestia (1978), Los domingos de Charito(1986), Trapos al sol (1991) y la reciente obra río Dionea (2007), donde siempre están presentes las calles de París y de Barranquilla, sus dos ciudades Mamá Grande imbricadas en un carnaval literario. Y eso sin contar la vasta obra inédita que está saliendo poco a poco.

 

En Los domingos de Charito, ganadora de la beca Proartes y publicada por Planeta en Colombia, Olaciregui nos hace visitar con maestría narrativa el mundo de las clases bajas de Barranquilla, donde los personajes aman, viven, luchan por la vida en espacios entrañables. Taxistas, empleados de imprentas, secretarias, sirvientas, policías, ingresan a tiendas, panaderías, gasolinerías, iglesias y caminan por avenidas untadas de aceite o cubiertas de polvo que aparecen descritas con notable exactitud poética. La luz de la gasolinería o el aviso luminoso de una lonchería tienen la carga lírica de la realidad e incluso la musa, la Dulcinea de la novela, es mueca y trata de ocultar su muequez al pretendiente teatrero con la ternura íntima de la verdad. Lejos de las modelos espectaculares y artificiales de la novelística actual colombiana poblada de modelos espectaculares  y narcosicarios, Olaciregui se rebela y va a la esencia de las cosas hasta hacernos conmover cuando Charito talla sus callos con piedra pómez.

 

 La rebelión de Olaciregui va más allá, pues en medio de esta novela y en su siguiente obra Trapos al sol(Planeta, Bogotá, 1991) incluye reflexiones sobre el acto de escribir y nos muestra que la realidad creída es artificio de un estudiante de letras de la Sorbona. La historia en ambas novelas rebeldes es interrumpida a propósito por textos que podrían ir aparte en una plaqueta y convertirse en una lograda colección independiente de fragmentos reflexivos o poéticos. Aunque es un maestro del realismo Olaciregui lo sabotea, tal y como lo sabotea Beckett y lo sabotean quienes reflexionaban sobre el arte de escribir y la creación en tiempos de Borges, Barthes y Derrida, en tiempos de eso que ahora llamamos con desconfianza, el postmodernismo.

 

 En Dionea, la gran obra río publicada en 2007, Olaciregui lleva su insurrección hasta sus últimas consecuencias, al crear una novela que hunde sus raíces en la mitología griega. Como lo dice en la contraportada el filósofo Numas Armando Gil Olivera “los mitos”, historias fragmentos y novelerías, los hilos narrativos trenzados en este libro fueron posibles gracias a los encuentros amorosos y al nombre de Dionea, diosa pre-homérica, ahora una muchacha neocolombina que debió deconstruir su nacionalidad, abandonar su tierra, para escapar a un novio, a un pretendiente paramilitar».  Grecia y Barranquilla hablan y se contrapuntean en la novela a través de las revelaciones de Dionea y las reflexiones del profesor francés Dindon, quien descubre en ese mundo una visión greco-moniconga de las cosas. Dionea es una mina inagotable de sorpresas literarias y una de las obras más originales de la novelística colombiana al lado de la Tejedora de coronas de Germán Espinosa y El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor. Es la respuesta greco-moniconga al barroquismo colonial cartagenero.


Debo decir entonces que desde ese encuentro en la fuente Saint Michel en París Julio Olaciregui ha seguido ejerciendo la literatura como es de verdad: una forma de vivir y respirar. Porque la literatura y las artes en general son para él una forma de vida, una manera de ser amigo, padre, hijo, hermano, tío, escritor, actor, criatura viviente en el planeta tierra, que es «azul como una naranja». Y más allá, esa literatura que vive, ejerce y medica como brujo y chamán, es para él una forma de explorar, abrir caminos distintos, rebelarse, experimentar, molestar, reír, danzar, jugar con la máscara, seducir y derretir estatuas.

 

En la línea de Raymond Roussel, Antonin Artaud, Georges Bataille, Roland Topor, Samuel Beckett y Julio Cortázar, en la vía de los surrealistas y los exploradores de los sentidos ocultos, Olaciregui ha escrito una de las obras más interesantes y excéntricas de la literatura latinoamericana de su generación, al lado de autores contemporáneos tan notables como el argentino César Aira, el colombiano Roberto Burgos Cantor y el chileno Roberto Bolaño, una literatura que va más allá de los estrechísimos límites de las literaturas parroquiales con bandera, himnos, narco-sicarias revertianas, pistolas y funcionarios de corbatas de funeraria.


Todo comenzó en Barranquilla, la ciudad moderna de la Costa Atlántica situada junto a la desembocadura del río Magdalena, donde nació y creció al calor del Carnaval y la explosión artística de un grupo de maestros mayores compuesto por Álvaro Cepeda Samudio, Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Alfonso Fuenmayor, Rafael Escalona y Germán Vargas, entre otros.  La misma Barranquilla del boxeador Kid Pambelé y del cartagenero Joe Arroyo, compañero de generación y delirio, la urbe tropical de los famosos carnavales que él lleva siempre adentro con sus máscaras y su alegre deseo de tomarle el pelo al destino y «mamarle gallo» a la solemnidad y a la propia literatura que los otros convierten en estatua de cartón piedra.


Allí en Barranquilla, trabajando en el periódico y charlando con los novelistas Alberto Duque López, Ramón Illán Bacca, Álvaro Suescún y Ramón Molinares Sarmiento, y el filósofo Numas Armando Gil, Olaciregui realizó sus primeras batallas básicas, antes de partir al «extranjero», a Medellín, la capital de la muy católica y puritana Antioquia, a donde todos iban entonces a hacer la Universidad y en donde conoció al novelista y periodista Juan José Hoyos, otro de sus cómplices de formación.

 

Al final París lo conquistaría y sacaría de su patria inicial hace ya tres décadas, para introducirlo a los campos magnéticos de sus calles y a los salones de clase de la Facultad de Letras de la Sorbona Nueva. A la ciudad luz es fiel como un voyerista de imágenes, ideas y sensaciones que marcan poco a poco sus libros, hermanados en el surrealismo y el infrarrealismo con Najda de André Breton y Watt de Samuel Becket, ese otro «extranjero» de París que nutre su pulsión creativa. Porque en Julio Olaciregui todo es posible y en especial la hermandad gemela entre el puerto colombiano sobre el Magdalena  y el puerto francés junto al Sena.

 

Publié dans CRITICA LITERARIA

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